Tumba de bolsillo

Hace siete meses mi padre entregó su cuerpo a la ciencia. Durante sus últimas horas de vida defendí su voluntad ante los parientes que aparecen, insisten en “lo mejor” y se van. Yo era su “representante legal”, así que mi misión era ayudarle a morirse como quería y que los dos pudiésemos ir en paz. Pero eso no sucedió.

En contra de nuestro ateísmo, con el paso de las semanas empecé a sentir que aquello no era una despedida válida. En el fondo, en la sangre, me sentía como una católica de luto: le hablaba, tocaba sus objetos, me apretaba las chaquetas y hasta llené la casa de pequeños altares.

No me había despedido. Sí, pero no.

Llegó el verano y fui de vacaciones a una isla de Indonesia. Allí pude presenciar una ceremonia colectiva donde se quemaban varios cuerpos. Las familias más pobres quedaban endeudadas durante años para pagar el ritual: el cadáver del ser querido debía poder fusionarse con la naturaleza del mismo modo que debía poder formar parte de ella —nacer— con facilidad.

Inmediatamente quise eso para mi padre. Ante todo, contra todo, él fue alpinista que sólo era feliz a lomos de las rocas gigantescas, con los labios a punto de sangrar. Su carácter se podría lentamente, con el descenso, como si tuviera los pulmones al revés.

Completamente decidida visité a unos tallistas de madera de la isla y les pedí dos tablones de ébano que cupieran en mi maleta. El ébano, me dijeron, era el material que más resistía a las inclemencias. El artesano hindú adivinó mis intenciones y me entregó los tablones con las dos manos y una gentil reverencia.

Iba a construir una cruz, pero una cruz montañera, e iba clavarla en la última cima coronada por mi padre. Desde pequeña pensaba que su vida podía resumirse en fotos cimas —triunfante a los 17, triunfante a los 52— junto a cruces llenas de banderitas.

Pero el plan fue convirtiéndose en una versión diminuta de la película Fitzcarraldo. El tablón más largo era demasiado corto y no se podía clavar a la tierra sin un soporte, haría falta una plataforma de hormigón, o un hierro, o no sé qué material hidráulico. A pesar del asesoramiento, yo no contaba con los extras de Herzog. Abandoné la misión, temporalmente, temporalmente. Y volví a apretarme las chaquetas al cuerpo.

El pasado fin de semana fui a la monte por primera vez desde que murió. Ascendimos hacia el Puigmal. A cada paso veía a mi padre a mi lado, con sus piernas firmes, sonriente, moviendo sus bastones. Las lágrimas me quemaban como lupas, pero sentía un consuelo que no había experimentado hasta entonces. Imaginé que era el tipo de consuelo que ofrece una ceremonia.

A suficiente altitud, me arrodillé junto a una piedra. Cogí un pedazo de pizarra y empecé a rayar su inicial para que quedara bien blanca. Mojé los dedos en la nieve para perfilar la caligrafía. Así. Busqué la piedrecita que había encontrado en el camino. Era cuadrada, pequeña y blanca, como la muela que le faltaba a mi padre cuando se reía mucho. Ese agujero me aterraba de pequeña, y ahora es su imagen más nítida.

Puse la muela encima de la H. Palpé mi anorak y encontré la mandarina que había cogido para el camino. Después de olerla fui verdaderamente feliz: supe que si la dejaba allí, podría comérsela por la noche, como los Reyes Magos.

Todo encajó en la tumba de bolsillo, en la tumba improvisada. Porque el único dios al que le había rezado siento una niña eran los Reyes Magos, y porque la H suena como la montaña. Si la dices, ya es viento.